El diario de mi noticia

¡¡Se prendía la luz!! al mismo instante aquella Ibérica, empezó a emitir la sintonía de Ama Rosa, las bancas del borde fueron acarreadas con prontitud junto a la caja mágica que sonora trasportaba sus mentes a los amores imposibles cuyos protagonistas con sus melodiosas voces hurgaban en aquellas almas a mí entender atormentadas.
El sol comenzaba a despedirse de la tarde ya pasado El Mambroque, y las agujas de bordar seguían en cada puntada
el andar del hilo de la protagonista.

Se empoderaban, ni siquiera el abuelo era capaz de dar mandato de cumplimiento. El silencio se apoderaba de todo ser viviente «Del Sitio» lugar donde residían nuestras protagonistas.

Quiero reseñar al lector que era poseedora de dos aljibes de agua.
En una de ellas se almacenaba para darle agua al ganado, estabulado en los pajeros y la llegada de los del monte en Verano. Las novillas llegaban en tropel sedientas de La Pascuala, arriba, en los altos de Mazo.

Aquellas mujeres seguían trabajando para el sostén de la casa. ¡¡blusas para Venezuela a 15 pesetas la unidad.!!  era la oferta de la casa de bordado para las manos más diligentes, que como duendes bordaban la fina presilla de cuello y mangas. y creo recordar unas florecillas de almendro en la pechera.
Se acababa la novela entre el suspense de mañana, y seguía la jornada hasta el anochecer con el reparto de los jarros de leche a las pocas vecinas que no contaban con vacas o cabras en sus establos.

Maruca sin duda era la más peculiar, tenía una buena casa y un marido tullido, de la guerra, que ellos decían que ganaron. y me invitaba a fumar tabaco en polvo, siempre estaba de buen humor y voluminosas carnes, atropellaba las frases y era sabedora de cualquier noticia radiofónica. Adicta a los discursos del Caudillo, parafraseaba a modo de oratoria divina verdades a media y mentiras ocultas.

Llegaba el aroma de las coles abiertas del potaje, con tocino salado de la última matanza para acondutar el caldo de trigo.
Laboriosas agricultoras cosechaban sus propias verduras y granos para los sempiternos potajes de las cenas.
El lebrillo apareció en la puerta de la cocina hacia el comedor en las manos sarmentosas de abuela, que era la encargada de revolver el bendito gofio que tantas penas de jilorio nos sacaba,

siempre atenta a que la cosecha de grano no faltara, y el gofio en la caja de tea y posteriormente puesto en una lata bien sellada diera para todo el año. junto con los higos, tunos, castañas azucarados por el sol, ¡¡que rica golosina ¡¡almendras, chochos y el dulce de membrillo.
Sobre el trinchante de nogal profusamente labrado sobre un paño de croché. las grandes ruedas amarillo pastel, intentaban localizar las ondas que nos conectaban con el mundo exterior.

Dos sombras en las noches oscuras se presentaban en absoluto sigilo bordeando la vereda como penitentes de otras realidades.
Quién va?  ¡¡gente de paz!!
Una voz rasgada de mujer, transmitía desde Moscú una arenga de victoria en el exilio. su voz rasgada escalofriaba el semblante de los viejos camaradas que escuchaban fumando tabaco en cachimba. La Pasionaria, ruda hembra de la mina.

Al gesto del patriarca el perro bardino salió en busca de algún visitante indiscreto, la guardia civil, tenía orden de llevar al cuartelillo a los sospechosos que no fueran simpatizantes con el régimen.
La batalla del Ebro en el bando republicano los había cicatrizado uniéndolos más allá de la muerte.
Se hizo el silencio, el murmullo proveniente del salón se calló, el perro «policía» aquellas noches se quedaba vigilante por las paredes de piedra de las huertas y el portillo.
¡¡Cantó el gallo!! en el Camino Real se encontró con uno de ellos, un simple gesto con el sombrero saludaba a los paisanos.
…..se perdió la guerra mi hermano, se perdió.

Autora:

Nieves Clemente